¡Ballenas!

Bus cubano en las calles de La Habana

Cada mañana me levanto con esa sensación de que soy el capitán Ahab. Cuando me acerco a la parada, soy como un pez más dentro de todo el oleaje. Busco a Moby Dick, no para matarlo; lo espero complaciente para que me lleve. Mis manos lo atacarán con un arpón que apenas vale un peso moneda nacional.

Tengo que pensar que voy a decir, cuando no pase. Los días que no puedo lanzarme sobre la gran ballena blanca, los días en que ni con un arpón en la mano puedo tocarla, tengo que inventar. Nos hemos acostumbrado a que nuestros problemas no sean justificaciones.

De veras que no entiendo a Moby, a veces pasa hambre. Parecemos pececitos esperando que su gran boca nos devore. Nos obvia, sigue de largo, como si no fuésemos nada. ¿Quién entiende a Moby?

Cinco minutos después pactamos con un David Jones gordo que le rodea un fétido aroma. Con premura más que con deseo abordamos el Holandés Errante. Escondo mi pequeño arpón, para hacerle cosquillas a la quilla de este barco necesito por lo menos un arpón cinco veces más grande.

Es interesante la metamorfosis que adoptamos, quien se lance en busca de ballenas, no importa que sea un pargo, un bonito, un róbalo, terminan todos convertidos en sardinas, enlatados durante un largo y extenuante viaje. Solo aquellos camarones que emigran de sur a norte, siguen siendo camarones  aunque a veces son   también langostas, una especie muy rara y que nada tiene que ver con las ballenas.

Es por la mañana y de nuevo escucho decir: -Mira esa ba-llena

Por: Brian Pablo González Lleonart

Imagen tomada de internet

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